Me siguen gustando los estudiantes - por Pedro Lemebel



Me siguen gustando los estudiantes

Por Pedro Lemebel


Y luego de pasar una semana escuchando y viendo cómo los secundarios defienden sus aspiraciones con el sudor de la protesta callejera, suena el teléfono y una voz joven me dice que leyó la crónica anterior en este diario, que estudia en el Liceo Barros Borgoño, y como tú, Pedro, estudiaste aquí, queríamos pedirte que vinieras a apoyarnos.

Apoyo con el hoyo, le contesto entre risas.

Como sea, me dice el delfín con su acento púber.

Vamos entonces, le digo recordando ese único año en aquel liceo de hombres donde mis compañeros no me daban tregua güeviándome hasta el cansancio.

Ahora, mientras pasaba la ciudad nublada por lacrimógenas en el vidrio de la micro, pude verme caminando de uniforme escolar por la misma calle San Diego rumbo a clases.

Entonces, era un chico frágil y melancólico que miraba desde la ventana del segundo piso cómo mis compañeros trepaban las rejas para marchar en apoyo a Vietnam. En esas marchas, yo siempre iba al final, casi camuflado, apoyando con mi susto marica las demandas del pueblo escolar.

No lo pasé muy bien en ese liceo de hombres; en realidad, como niño raro, nunca lo pase mejor en la enseñanza media. Pero allí tuve clases con gente progre que me enseñó el teatro, la filosofía, la poesía y otras lecturas más allá del horroroso Quijote en papel biblia que después me lo fumé entero.

Pero ahora, de regreso al colegio, volvía como rock star al viejo liceo llamado Universidad Matadero.

Al llegar, dos niños me hicieron firmar la entrada, y después caminé por los pasillos de ladrillo rojo, y alguna emoción pendeja me desordenó la memoria con el viento del ayer.

Algunos péndex jugaban cartas o miraban las noticias con algunos profes en absoluta calma.

Bienvenido, Pedro, me saludó un chico con fresca alegría. ¿Quiere ver el colegio? Y recorrí junto a él las grandes salas, ahora silenciosas, me detuve frente a la muralla donde estuvo el mural pop que hicimos con mi curso, luego entramos al bello gimnasio de madera, donde el colegio en pleno despidió al rector como en la película “Adiós, míster Chips”.

Está todo casi igual, pero remodelado, le murmuré a mi acompañante. Abajo están los camarines y las duchas, dijo el chico con inocencia. Y un dulce perfume de sudores jóvenes me hizo sonrojar.

Después de un rato en que compartí con los profes, avisaron que los alumnos en toma me estaban esperando. Y pensé que a esa hora, voluntariamente, serían muy pocos los que se darían la lata de escucharme. Me equivoqué, porque el gimnasio estaba repleto de péndex, que aplaudieron al verme entrar.

Bueno, vengo a colaborar con ustedes, dije con nerviosa serenidad. Yo aquí estudié un año, y lo único que recuerdo es el olor de los camarines. Ufff, qué olor, aspiré con grata obscenidad. Pero, aunque algún profe puso cara de preocupado, ellos rieron, ellos aplaudieron, ellos soportaron con atención la lectura de mis crónicas.

Casi al final, verdaderamente conmovido, leí la trágica historia de Ronald Wood, mi alumno asesinado por la dictadura. No volaba una mosca en el amplio gimnasio. Yo miraba sus caritas emocionadas por el relato. Veía sus ojitos brillantes siguiendo con atención cada verso triste.

Al terminar estallaron en un aplauso cerrado gritando sus consignas: ele-cei-ceì-ele-ceo-ceò-liceo-Barros Borgoño. Mata-mata-matadero. Y como en tropel cariñoso, se vinieron encima para saludarme, darme la mano, pedirme que les autografiara cuadernos, mochilas, una guitarra, una paleta de pin-pon. En fin, escribí en sus brazos, en sus espaldas apaleadas por los pacos. Me mostraban sus ombligos cuando les firmaba las poleras y camisas. Me mostraban sus prematuros pendejillos al escribir en la pretina de sus calzoncillos raperos. Así, tan entregados, tan iluminados por esa bella inocencia que los hace batallar sin transar por su justa demanda.

Cómo no estar con ellos, cómo no gritar junto a ellos por un cambio radical de esta educación clasista. Esta educación carcelaria que los tiene todo el día matando el tiempo, de sol a sol, perdiendo los verdes años de su irrecuperable juventud.

Aquel no era el Barros Borgoño que yo recordaba, pensé al irme caminando por calle San Diego. Ya no odiaba ese lugar, y un cariño inmenso me hizo levantar la vista y mirar aquella ventana del segundo piso donde un adolescente despeinado con su risa triste me decía adiós.

Publicado en el diario chileno "La Nación Domingo" 
4 de junio 2006  






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